Reconociendo al Perfecto Idiota Latinoamericano 4

También ha exigido cuotas de artistas locales en los espectáculos y ha impugnado la presencia excesiva de técnicos o artistas provenientes del exterior.

Por idéntico escrúpulo nacionalista, incrementará la creación de grupos de artistas populares, dándoles toda suerte de subsidios, sin reparar en su calidad. Se trata de desterrar el funesto elitismo cultural, denominación que en su espíritu puede incluir las óperas de Rossini, los conciertos de Bach, las exposiciones de Pollock o de Andy Warhol, el teatro de Iones-co (o de Moliere) o las películas de Bergman, en provecho de representaciones llenas de diatribas político-sociales, de truculento costumbrismo o de deplorables localismos folklóricos.

Paradojas: a nuestro PERFECTO  IDIOTA del mundo cultural no le parece impugnable gestionar y recibir becas o subsidios de funcionarios o universidades norteamericanas, puesto que gracias a ellas puede, desde las entrañas mismas del monstruo imperialista, denunciar en libros, ensayos y conferencias, el papel neocolonialista que cumplen no sólo los “chicago boys” o los economistas de Harvard, sino también personajes tales como el Pato Donald, el teniente Colombo o Alexis Carrington.

En estos casos, el PERFECTO  IDIOTA latinoamericano se convierte en un astuto quintacolumnista que erosiona desde adentro los valores políticos y culturales del imperio.

Nuestro amigo, pues, se mueve en un vasto universo a la vez político, económico y cultural, en el cual cada disciplina acude en apoyo de la otra y la idiotez se propaga prodigiosamente como expresión de una subcultura continental, cerrándonos el camino hacia la modernidad y el desarrollo.

Como regla general, todo idiota latinoamericano posee una  cierta biblioteca política. El idiota suele ser buen lector,  pero, generalmente, de malos libros. No lee de izquierda a  derecha, como los occidentales, ni de derecha a izquierda,  como los orientales. Se las ha arreglado para leer de  izquierda a izquierda. Practica la endogamia y el incesto  ideológico. Y, con frecuencia, no es extraño que estas  lecturas lo doten de cierto aire de superioridad intelectual.

Quienes no piensan como ellos es porque son víctimas de una  especie de estupidez congénita. Soberbia que proviene de la  visión dogmática que inevitablemente se va forjando en las  mentes de quienes sólo utilizan un lóbulo moral en la  formulación de sus juicios críticos. La literatura liberal,  conservadora, burguesa, o simplemente contraria a los  postulados revolucionarios, les parece una pérdida de tiempo,  una muestra de irracionalidad o una simple sarta de mentiras.  No vale la pena asomarse a ella.

¿Qué lee nuestro legendario idiota? Naturalmente, muchas  cosas. Infinidad de libros. Sin embargo, es posible examinar  sus repletas estanterías y espigar varios títulos  emblemáticos que engloban y resumen la sustancia de todos los  demás. Lo que sigue a continuación —en orden cronológico no  riguroso — pretende precisamente eso: elegir la biblioteca  favorita del idiota, de manera que si algún lector de nuestra  obra desea incorporarse al bando de la oligofrenia política,  en una semana de intensa lectura hasta podrá pronunciar  conferencias ante algún auditorio prestigioso,  preferiblemente del mundo universitario de Estados Unidos o  Europa. Todavía hay gente que se queda boquiabierta cuando  escucha estas tonterías.

Una última advertencia: tras la selección de los diez libros  que han conmovido a nuestro entrañable idiota, pueden  observarse tres categorías en las que estos textos se acoplan  y refuerzan. Unos establecen el diagnóstico fatal sobre la  democracia, la economía de mercado y los pérfidos valores  occidentales; otros dan la pauta y el método violento para  destruir los fundamentos del odiado sistema; y los últimos  aportan un luminoso proyecto de futuro basado en las  generosas y eficientes caracteristísticas del modelo  marxista-leninista. Ilusión curiosa, porque en los años en  los que el idiota alcanza su mayor esplendor histórico —desde mediados de los cincuenta hasta fines de los ochenta — ya se sabía con bastante claridad que los paraísos del  proletariado no eran otra cosa que campos de concentración  rodeados de alambre de púa.

Entre todos los síntomas externos del idiota latinoamericano,  probablemente ninguno sea tan definitorio como el del antiyanquismo. Es difícil llegar a ser un idiota perfecto,  redondo, sin fisuras, a menos de que en la ideología del  sujeto en cuestión exista un sustantivo componente  antinorteamericano. Incluso, hasta puede formularse una regla  de oro en el terreno de la idiotología política  latinoamericana que establezca el siguiente axioma: «Todo  idiota latinoamericano tiene que ser antiyanqui, o —de lo  contrario — será clasificado como un falso idiota o un idiota  imperfecto».

Pero el asunto no es tan sencillo. Tampoco basta con ser  antiyanqui para ser calificado como un idiota latinoamericano  convencional. Odiar o despreciar a Estados Unidos ni siquiera  es un rasgo privativo de los cabezacalientes  latinoamericanos. Cierta derecha, aunque por otras razones, suele compartir el lenguaje antiyanqui de la izquierda  “termocefálica”. ¿Cómo es posible esa confusión? Elemental.

El  antiyanquismo latinoamericano fluye de cuatro orígenes  distintos: el cultural, anclado en la vieja tradición  hispanocatólica; el económico, consecuencia de una visión  nacionalista o marxista de las relaciones comerciales y financieras entre «el imperio» y las «colonias»; el  histórico, derivado de los conflictos armados entre  Washington y sus vecinos del sur, y el sicológico, producto  de una malsana mezcla de admiración y rencor que hunde sus  raíces en uno de los peores componentes de la naturaleza  humana: la envidia.

A este tipo de idiota latinoamericano —el más atrasado en la  escala zoológica de la especie — le molestan las ciudades  limpias y cuidadas de Estados Unidos, su espléndido nivel de  vida, sus triunfos tecnológicos, y para todo eso tiene una  explicación casi siempre rotunda y absurda: no es una sociedad ordenada, sino neurótica, no son prósperos sino  explotadores, no son creativos, sino ladrones de cerebros  ajenos En la prensa panameña —por ejemplo— se ha llegado a  publicar que los jardines cuidados de la zona del Canal y las casas pintadas —y luego entregadas a los panameños— no  formaban parte de la cultura nacional, lo que justificaba su  transformación en otro modo de vida gloriosamente cochambroso y caótico, pero nuestro. Los yanquis, para el idiota latinoamericano, desempeñan además, un rol ceremonial extraído de un guión nítidamente freudiano: son el padre al que hay que matar para lograr la felicidad.

Son el chivo expiatorio al que se le transfieren todas las culpas: por ellos no somos ricos, sabios y prósperos. Por ellos no logramos el maravilloso lugar que merecemos en el concierto de las naciones. Por ellos no  conseguimos volvernos una potencia definitiva.

¿Cómo no odiar a quien tanto daño nos hace? «No odiamos al  pueblo gringo — dicen los idiotas — sino al gobierno.» Falso:  los gobiernos cambian y el odio permanece. Odiaban a los  gringos en época de Roosevelt, de Truman, de Eisenho-wer, de Kennedy, de Johnson, de Nixon, de Cárter, de Clinton, de  todos. Es un odio que no cede ni se transforma cuando cambian  los gobiernos.

¿Es un odio, acaso, al sistema? Falstambién. Si el idiota  latinoamericano odiara el sistema, también sería  anticanadiense, antisuizo o antijaponés, coherencia  totalmente ausente de su repertorio de fobias. Más aún: es  posible encontrar antiyanquis que son filobritanicos o  filogermánicos, con lo cual se desmiente el mito de la  aversión al sistema. Lo que odian es al gringo, como los  nazis odiaban a los judíos o los franceses de Le Pen detestan  a los argelinos. Es puro racismo, pero con una singularidad  que lo distingue: ese odio no surge del desprecio al ser que  equivocadamente suponen inferior, sino al que —también equivocadamente — suponen superior. No se trata, pues, de un  drama ideológico, sino de una patología significativa: una  dolencia de diagnóstico reservado y cura difícil.

Teórico del tercermundismo, el perfecto idiota nos deja en ese Tercer Mundo de pobreza y de atraso con su vasto catálogo de dogmas entregados como verdades.

Con estos  rasgos del PERFECTO IDIOTA LATINOAMERICANO estamos en condición de reconocerlo en cualquier parte de nuestro continente. ¿En el Estado Plurinacional de Bolivia, a quién pertenecerá este retrato  familiar?

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